Así, Mr. Singer lo ha entregado en vida sin posibilidad de marcha atrás a su mejor amigo, un sordomudo como él, pero incapaz de devolverle ni una miga del mismo sentimiento. Y tal vez por eso, porque no tiene ya nada más que dar, no se da cuenta de que las personas que lo rodean están deseando obtener un pedazo de su corazón, ocupando su tiempo, limpiándose con él, en ocasiones, ennobleciéndose también.
Mr. Singer escribe a un lector que no sabe leer, escucha a un borracho que no quiere ser comprendido, acompaña a un médico negro que no entiende la sociedad en la que vive, ocupa su lugar convenido en el restaurante de un hombre que ya no ama a su mujer... Pero es que amar es cosa de soledad, pues sólo en la intimidad uno puede pesar si sus sentimientos son hondos. Profundos. O verdaderos. Hasta la muerte...
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