jueves, 6 de enero de 2011

Cinderella.


Qué estúpida niña. No puedo comprender cómo es posible que alguien en casa piense que haya sido capaz de acercarse siquiera más allá de la puerta, al exterior. ¡Qué desfachatez! ¿O es que nadie en esta casa recuerda que le pusimos ese nombre, Cenicienta, por su aspecto gris y sucio, al dormir al lado de la chimenea?

¿Y no es esa mi madre, esa misma, esa que está ahora sonriendo blandamente al servicio del príncipe? Acaban de llamar a la puerta, decían algo de un zapato perdido y un número desconocido de pie. Como si esto fuera una vulgar zapatería de tres al cuarto. Mi madre, tal vez esperando que mi hermana y yo pescáramos al príncipe -ella, que tiene esos aires de grandeza-, se ha empeñado en que nos probáramos el zapato ese, que no me cabe duda que pertenece a Cenicienta. Por complacer a mi madre, nada más que por eso, he aceptado probármelo, pero casi no he podido disimular una mueca de asco al saber que pertenecía a ella...